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viernes, marzo 14, 2014

Luz en la calle y oscuridad en la casa: Domingo Espinosa G.

Panamá ha demostrado ser un gigante en el concierto de las naciones por su política exterior no alineada. Es respetado por defender las causas justas, incluyendo la propia por la liberación del Canal. La toma de conciencia del pueblo comenzó el siglo pasado, con la nefasta firma de los tratados Hay-Bunau Varilla, que tanto luto y dolor costó. En la década de 1970, el país participa del grupo de los no alineados, cuyo apoyo solidario fue puntal y decisivo en la firma de los tratados Torrijos-Carter.

En la década de 1980, toma la iniciativa de formar el grupo de Contadora, cuyo fin era coadyuvar a la pacificación de los países centroamericanos que estaban sumidos en la guerra. Aunque la intención fue loable, no pudo concluir su papel porque su misión fue presuntamente mediatizada por fuerzas foráneas, sin embargo, tuvo un justo reconocimiento cuando se otorgó el premio Príncipe de Asturias al excanciller Oydén Ortega.
A pesar de que hemos sido ejemplo para muchos, la nación entró en crisis política producto del affaire de Noriega-Estados Unidos, que llevó a que el Tribunal Electoral hiciera “trampas”, lo que luego coadyuvó a la invasión estadounidense y a la anulación de las elecciones presidenciales.
La Organización de Estados Americanos (OEA) intervino y envió una delegación para buscar una solución política a la crisis. Resulta paradójico que, precisamente, fuera un venezolano el encargado de la misión, cuando en su país para las mismas fechas estalló una convulsión social que según se informó dejó mil muertos.
Panamá también tuvo el privilegio de presidir la Asamblea anual de la Organización de Naciones Unidas con la figura del Dr. Jorge Illueca, lo que deja ver el prestigio que teníamos en materia de diplomacia producto de una política exterior coherente del Estado panameño.
Narro estas experiencias para que tengamos elementos de juicio y comparemos la crisis actual que se vive en ambos países. La política exterior emana del Presidente. Si realmente él está preocupado por la crisis político-social que vive el pueblo de Venezuela, me parece sano y loable de su parte. Pero el actual gobierno no tiene moral para pedir la intervención de nadie, cuando ha dejado una estela de muertos, heridos y lisiados en Bocas del Toro, Colón, en el Centro de Cumplimiento de Menores y en la comarca Ngäbe Buglé. Esto lo descalifica por completo. Prueba de ello fue la derrota sufrida en la OEA, que dejó mal parado al país, aunque no se descarta que estén cumpliendo con un pedido malévolo.
En los últimos años la diplomacia panameña lleva un camino errático (van cinco cancilleres) que ha creado malestar en Perú, China, Japón, Francia, Israel y Venezuela.
Hay que cimentar el principio de neutralidad y de la no injerencia en los asuntos internos de otros países. Ahora, por carambola, también se afectó la Zona Libre de Colón, uno de los principales pilares de la economía local.
Las declaraciones del canciller Elías Jaua de que la deuda de Venezuela con Panamá está salpicada de corrupción y coimas, hacen oportuno que Luis Cucalón investigue si hay algo de verdad en esa aseveración. En caso de que exista lesión patrimonial, debe aplicar la ley de forma imparcial.

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