Dos años es tiempo razonable para evaluarnos. Cada uno indistintamente y todos de manera colectiva. Saber cuánto y cómo hemos cumplido con el compromiso firmado por los cubanos para hacer realidad el Concepto de Revolución, legado de Fidel y patrimonio inseparable para nuestro presente y futuro.
Si algo siempre hemos tenido en este tiempo es la presencia del Comandante en cada momento de nuestras vidas. Está allí en las obras que emergen. En los momentos adversos, cuando la naturaleza enfurecida arremete contra el hombre, que lejos de amilanarse, se crece. Está cada mañana en los matutinos de las escuelas. Subiendo o bajando la escalinata universitaria. Contento por la medalla obtenida por jóvenes estudiantes en alguna Olimpiada del conocimiento. Feliz por los logros en la ciencia, la producción de vacunas y otros medicamentos, en todos los casos una ciencia al servicio del ser humano.
También lo observamos contrariado por alguna obra mal terminada. Por lo que podemos y no hacemos para que nuestras ciudades estén más limpias y bellas. Por la falta de recursos para poder adquirir modernos medios para la salud.
Éramos cientos de miles, los que aquel 1ro. de mayo del año 2000, en la Plaza de la Revolución, escuchamos y aplaudimos su profunda reflexión.
Cada palabra impactaba y su mirada profunda acostumbrada a tener delante al pueblo, parecía penetrar en cada uno de nuestros corazones como inyección de fuerza, de perseverancia, de patriotismo, de seguridad en la victoria.