Avanza un mar de fuegos, pero es un mar de almas libres el que se junta cuando, el 28 de enero, el nacimiento de un hombre que fue en sí mismo luz, verbo y país vuelve a suceder.
Por él, por el Apóstol de la independencia y el antimperialismo, brillan las antorchas en las noches de escalinata habanera, Maisí renacido, Santiago heroica, Santa Clara guevariana… Cuba entera aclara sus cielos con el resplandor de quienes andan de corazones entregados, y en ellos, las doctrinas del Maestro.
No dejarlo morir ha sido la divisa de la marcha, desde el centenario, hasta los 166 que ya son, y mientras haya cubanas y cubanos alumbrados de dignidad.
Mantener vivo a José Martí, su legado de ética y combate, supone entender la Revolución que terminó a costa de sangre la generación empinada en los cien años martianos, como un hacer constante por la Patria, que se basa en «comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas».

















